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Francesco Petrarca (Arezzo 1304 – Padua 1374)

Francesco Petrarca vivió a lo largo del siglo XIV, recorrió infatigablemente toda Europa -él mismo com paró sus viajes a los de Ulises- y mantuvo contacto con las más destacadas personalidades de su tiempo. Cultivó casi todos los géneros literarios y saberes humanísticos, pero es posible que su principal obra sea su propia vida que retocó incansablemente, como un pintor corrige su autorretrato. En su existencia personal coinciden, en cierta manera, las tres grandes épocas de la historia europea: la Edad Media, en la que vivió; la Antigua, que quiso restaurar; y la Moderna, a la que su obra sirve de pórtico. Si Colón descubrió un continente queriendo llegar a la India, de Petrarca podría decirse que inventó la cultura moderna intentando resucitar la civilización grecolatina. Para Petrarca, los estudios humanísticos no eran una opción más, dentro del marco académico, sino un modelo de formación integral, el conjunto de saberes que corresponden al ser humano en cuanto tal, de ahí su nombre. Las universidades de su tiempo proporcionaban ya un alto grado de especialización profesional, pero Petrarca pensaba que ésta es sólo uno de los fines de la educación, que debe aspirar también al desarrollo integral del individuo, en su doble dimensión personal y comunitaria, como hombre libre en una sociedad de hombres libres. El núcleo de estos estudios era, para él, la historia, la filosofía y el conjunto de saberes lingüísticos que la Edad Media había parcelado en tres disciplinas: gramática, lógica y retórica, pero que los humanistas volvieron a plantear en su unidad interna, rebautizándolos como filología y añadiendo como pieza fundamental el estudio de la tradición literaria.

Petrarca estaba convencido, además, de que el conocimiento de los clásicos sería un instrumento para la renovación de la vida material y espiritual del hombre.

En el medio milenio largo que nos separa de Petrarca, los ideales defendidos por él han pasado por épocas mejores y peores, pero la tradición humanística no ha perdido nunca su condición de llama viva en el seno de la cultura europea. A ella se acogieron Erasmo, Vives, Moro y los grandes humanistas del Renacimiento, Montaigne, la Ilustración, Goethe, Humboldt y Burckhardt. Todas las crisis del humanismo han sido, hasta ahora, el precedente de un nuevo renacimiento. El Centro de Estudios Francesco Petrarca quiere servir a esta tradición, elige el nombre de su fundador como símbolo de su propia labor y querría difundir entre sus alumnos esa misma inquietud que llevaba a Petrarca a viajar y estudiar sin más objeto que el puro afán intelectual (nullo quidem negotio, sed visendi tantum studio) y a declarar que no podía cansarse de libros (libris satiari nequeo).

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