EL MODERNISMO EN LA LITERATURA I Fernando Ariza

Fernando Ariza.

La Gran Guerra fue un momento de grandes cambios sociales y políticos que tal vez quedaron eclipsados por el casi inmediato conflicto bélico posterior. Pero el tiempo nos ha mostrado que la Segunda Guerra Mundial y su posguerra no hizo más que aquilatar grandes reestructuraciones cuyo inicio estuvo en la Primera. En el plano literario esta idea es mucho más clara. La renovación de la narrativa sucedida en los años veinte tuvo una importancia capital en el modo de apreciar y construir la ficción, si bien hubo aspectos, como luego veremos, que representaron una ventana de innovación que con el tiempo se cerró.

La década que sucedió a la Primera Guerra mundial supuso un cambio trascendental en el campo de la creación artística. Es la llamada época de las vanguardias o “ismos”. Unos años de intensa ebullición creadora que revolucionará todas las artes. Son los años de creación o asentamiento del surrealismo, dadá, cubismo, creacionismo, futurismo, etc. Dicha revolución marcará definitivamente las artes plásticas y la arquitectura y en el campo de la literatura transformará el modo de componer poesía y montar obras teatrales. En el campo de la narración, el cambio será, no obstante, más sutil. El principal movimiento de aquella época se llamará en el mundo anglosajón modernism (que nada tiene que ver con el modernismo en lengua española ni con la corriente teológica liberal, ambas sucedidas más de veinte años antes). El gran innovador será el irlandés James Joyce, que ensayará nuevos modos de expresión en su novela autobiográfica Retrato de un artista adolescente (1916) y tendrá su culmen en Ulises (1922). A él le seguirán otros autores como Virginia Wolf, Katherine Mansfield, William Faulkner, D H Lawence o Samuel Beckett. Característico de este periodo será el multiperspectivismo, la narración fragmentada, el flujo de conciencia o la mezcla de géneros. De forma paralela, otros autores sin especiales vínculos con los mencionados también innovarán el modo de narrar: en el mundo germánico destacan Thomas Mann, Herman Hesse, Robert Musil y Franz Kafka. En Francia, la principal figura es Marcel Proust, cuya magna obra, En busca del tiempo perdido, fuera publicada en siete partes durante esa década.

A partir de los años veinte, vemos cómo el argumento pierde peso frente a la figura del personaje. La acción exterior, los acontecimientos narrados, dejarán su protagonismo al modo en el que estos acontecimientos afectan a alguno de las personas (principalmente en el protagonista). El conflicto será interno y muchas veces el interés de la novela consistirá en conocer qué decisiones se toman en su interior.

El estilo indirecto libre y el flujo de conciencia ayudará a conocer en profundidad este desarrollo narrativo que tendrá, debido al peso que tiene interiormente, una gran escasez de peripecias. Son narraciones en las que aparentemente no suceden demasiadas cosas, pues la acción, como hemos dicho, irá por dentro. Esta característica tendrá una consecuencia en el narrador, que abandonará casi definitivamente su preponderante hasta ahora omnisciencia para localizarse en uno o varios personajes. Podríamos decir que la novela abandona la objetividad de los acontecimientos para adentrarse en la subjetividad de los razonamientos y las emociones de los personajes.

La novela inaugural de este modo de narrar será la ya mencionada Retrato de un artista adolescente. En ella, un narrador en tercera persona focalizado en la figura del protagonista, Stephen Dedalus (trasunto del propio autor), absorberá la acción hasta reducirla a su mínima expresión. En su siguiente y definitiva novela, Ulises, Joyce se ahondará en esa misma idea.

Es muy interesante la coincidencia entre este auge de la subjetividad narradora y los grandes descubrimientos científicos de la época relacionados con la mecánica cuántica. Desde la teoría de la relatividad general de Einstein (1915) hasta el principio de incertidumbre de Heisenberg (1927) pasando por el famoso gato de Schrödinger (1925). Ya solo los nombres de los descubrimientos demuestras que la física comienza a dudar de la realidad observable y atiende a nuevos modos de funcionamiento. Los acontecimientos nos son unitarios ni precisos. Existe un margen de relatividad en su existencia y mucho mayor en su comprensión. La incertidumbre se convierte, por tanto, en una realidad lectora que debe de atender a las múltiples perspectivas subjetivas de los personajes.



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