SOBRE EL ENTENDIMIENTO DEL SER HUMANO COMO UN OBJETOI Ignacio Verdú

Ignacio Verdú

Puede parecer chocante que comience estas palabras con una pregunta, casi una exclamación, que parece poner en duda el sentido de lo que hacemos y deseamos hacer algunos: ¿Humanidades? Pero, acaso no es cierto que en el mundo tecnificado en el que vivimos, mundo que se ve abocado a poner sus esperanzas de progreso y felicidad en la ciencia, la técnica y sus logros en el manejo de los objetos; en el que se nos invita a no hablar, ni saludar, ni tan siquiera al tendero, pues puedes tener lo que quieras sin salir de tu casa, manejando adecuadamente una máquina, y sin tener que dar las gracias por nada a nadie, en este mundo, lo que llamamos humanidades empieza a entenderse, si no como algo del pasado, aún venerable, sí, desde luego, como un ocio lujoso, al alcance sólo de los que pueden gastar de su tiempo en lo inservible y, por tanto, innecesario.

Es este un asunto de importancia decisiva, que exige, al menos, reflexión. ¿Puede realmente el ser humano entenderse a sí mismo como un objeto más entre los objetos que constituyen el admirable cosmos? ¿Puede, si quiera, entenderse a sí mismo si de hecho se trata a sí mismo como trata a los objetos que le rodean o le configuran?

Una larga tradición que guía estas reflexiones, tradición en la que Petrarca desempeñó un papel crucial, se resiste a entender al ser humano como un objeto más entre objetos, como un elemento más de los que componen esa realidad extraordinaria que es el Universo mundo. Y lo hace, no porque no reconozca que estamos sometidos al orden que rige y dirige el cosmos, sino porque entiende que, tomados como una pieza más, no podemos entender, en modo alguno, lo que nos define, lo que nos distingue: nuestra inquietud más honda, nuestra real insatisfacción, nuestros más íntimos miedos, nuestras más profundas alegrías, nuestra irremediable necesidad de compartir en carne y hueso…

El ser humano, lo quiera o no, se ve en la necesidad de decidir cómo actuar, no sólo para vivir, sino para dar sentido a su vida, a su muerte; para que no sea un absurdo, o tal vez una mera pérdida de tiempo el tiempo que somos; y las leyes que rigen el universo, la naturaleza, que admirablemente estudian las ciencias, a las que estamos sometidos, al margen de nuestras decisiones, deseos y temores, no son las que darán sentido, por sí mismas, a nuestras vidas. Qué haga con mi vida, cómo hacer que no sea un absurdo, una broma pesada, meramente un tormento, tal vez un castigo, vanidad de vanidades, depende de mí, de qué entienda que hace de una vida una vida buena, deseable, excelente; de qué sentido le dé a mi vida… Y la respuesta a estas cuestiones no me viene dada con la vida, ni con mi constitución orgánica, física; puede que esta condicione la respuesta, pero en todo caso, la respuesta, la que guíe la vida de cada uno, habrá de ser buscada, indagada, tal vez propuesta, creada, donada, creída por cada uno de nosotros.

Nuestro existir está marcado por la búsqueda y la pregunta; y preguntar es algo excepcional. Hace millones de años, antes de la aparición del hombre sobre la tierra, el Universo, sin preguntarse nada, funcionaba a las mil maravillas ¿Por qué preguntamos entonces? Porque para nosotros sí son necesarias; son esenciales. Sufrimos el sinsentido, y lo hacemos porque tenemos noticia, íntima, del sentido que buscamos. Querámoslo o no, aún a nuestro pesar, sabemos de la verdad, y del mismo modo sabemos que aún está por saberse; sabemos del bien, y tenemos la seguridad de que no ha triunfado, de que, tal vez, ni tan siquiera lo reconozcamos; sabemos de la belleza, y sentimos, impotentes, que se nos escapa, que tan solo se nos insinúa y nos deja hambrientos de más.

Algunos entendemos que, aunque quisiésemos, mientras existimos, no podemos anonadarnos convirtiéndonos en un objeto más del maravilloso cosmos, siendo movidos insensiblemente, por las leyes que sujetan ese cosmos. Tenemos noticia, en tanto que seres humanos, de lo que no es mera cosa, de lo que escapa al ámbito de la Física; y este saber de la verdad, del bien, de la belleza, que nos despierta, inquieta, mueve, que nos convierte en enigma para nosotros mismos, es siempre presente.

Para bien o para mal, no es en el ámbito de lo establecido por la física, en todas sus manifestaciones y aplicaciones, en el que se dilucida, realmente, el sentido de nuestra vida, sino en la relación, especial, personal y compartida, con la verdad, el bien y la belleza. Y no darle la espalda ni a la verdad, ni al bien, ni a la belleza, no es ni poseer, ni dominar, ni haber conquistado nada, sino responder a su invitación siendo fieles a su exigencia: la de preguntar, buscar y desear, abiertos, inquietos y decididos.

Sin duda, cabe pensar que todo saber es poder, y que si no proporciona poder no merece llamarse saber; que solo es feliz el que es realmente poderoso, el que triunfa sobre el mundo y sobre los demás; somete y no es sometido; domina y no es dominado; el que no ha de responder ante nadie. Y puede pensarse, por tanto, que educar no es sino capacitar al educado para ser dominador, moldeándolo, como un objeto, garantizando su eficaz funcionamiento dentro de un sistema.

Pero, en verdad, algunos estamos convencidos de que no es la necesidad de dominio lo que anida en lo más profundo de cada uno de nosotros, no es ella la que nos lleva a preguntar por la verdad, a protestar por la ausencia del bien, a agradecer el don de la belleza, sino el asombro y el sobrecogimiento.

Estamos convencidos de que el saber que no se sabe, propio de quien queda maravillado, no nace del reconocimiento de nuestra incapacidad para resolver problemas prácticos, técnicos, ni implica un deseo de dominio sobre lo que no somos capaces de controlar; al contrario, nace del reconocimiento, no tematizado, del don, de la gratuidad que entrevemos en la belleza y se nos ofrece como verdad y bien, e implica un deseo, incontrolado, indefinido, de entablar una relación cercana, familiar, con aquello que, de alguna manera, asombrándonos, nos excede y nos llama.



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