VULNERABILIDAD Y JUSTICIA I Ana Sánchez

Ana Sánchez

“Yo duermo, pero mi corazón vela”. (Cantar de los cantares, 5, 2).

En el Diccionario de la lengua española de la RAE, en este caso en la vigésima segunda edición, se define “vulnerabilidad” como “cualidad de vulnerable”, y “vulnerable” como aquel “que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente”. Es una definición clara, precisa, y es interesante tenerla presente pues, es claro, la vulnerabilidad se ha convertido en un asunto de extrema vigencia en nuestro mundo.

En nuestro mundo, el mundo que se considera desarrollado científica y técnicamente, social y políticamente, la vulnerabilidad es vista como consecuencia de la debilidad, de la impotencia, de la carencia de recursos, de la pobreza, de la ignorancia, y, por ello, es señalada como causa de infelicidad, de sufrimiento y, en última instancia, desesperación. Así las cosas, si el poder que tenemos, desarrollamos y ejercemos no nos asegura, afianza, la existencia, de modo que nada en verdad escape a nuestro control, parece que la felicidad deja de estar plenamente en nuestras manos, como logro exitoso, como nuestro triunfo en la vida, y nos vemos avocados a reconocernos en extremo vulnerables.

La vulnerabilidad pues, y no hay más que abrir un periódico o conectarnos a cualquier medio audiovisual para comprobarlo, naturalmente, causa un rechazo casi visceral, y el rechazo va de la mano con la ilusión de poder controlar de modo preciso y estricto nuestro ser y nuestro devenir futuros, es decir, nuestra vida.

Nuestra vulnerabilidad nos provoca miedo, espanto, y es en la posibilidad de hacernos invulnerables en donde se nos empuja a poner nuestras esperanzas; así, es en el poder de dominar en lo que terminamos confiando, hasta el punto de que el valor del saber viene marcado por el poder que proporciona y por su ejercicio. Ambicionamos, en última instancia, no estar sometidos al albur de lo incontrolable, ser autosuficientes, dueños de nuestra vida, y un saber que no nos proporcione este poder, poder que vivimos como una necesidad y como un logro, no será entendido, en verdad, como saber.

Nuestros medios de comunicación, múltiples y variados, han repetido, con gran convencimiento y poniendo peso en sus palabras, que la ciencia nos salvará; han declarado su fe en la ciencia y en su aplicación, la técnica, cuando se nos hacía patente nuestra fragilidad y nos sentíamos impotente y repentinamente vulnerables. En definitiva, se nos invita a entender que todo aquello ante lo que nos podamos sentir vulnerables tarde o temprano será dominado, sometido a nuestro poder, pues no es más que un problema, y todo problema tiene solución. Las inquietudes, las dudas, las preguntas, los anhelos más profundos, serán acalladas o satisfechos gracias al poder de nuestra ciencia y, sobre todo, de nuestra técnica.

En definitiva, con gran aplomo se nos hace ver que o todo es dominable, resoluble, o estamos condenados a vivir en la angustia, frágiles y vulnerables. Se nos propone como sanadora, salvadora incluso, la capacidad de dominar, someter, desactivar, controlar, y se nos hace ver como insensato el rechazar este proyecto; el no preferir el reposo a la inquietud; el no abrazarnos a toda respuesta, como cierre y cumplimiento de toda pregunta, siendo así que ninguna de nuestras respuestas, como afirma Jean-Luis Chretien en La llamada y la respuesta podría nunca exceder nuestras preguntas; el no rendirnos, en definitiva, a la evidencia, como cierre y recusación de ese recurso del débil e impotente en que queda convertida la esperanza; ese mantenernos abiertos, pacientes y dispuestos a que sea lo que nunca podremos hacer que sea, a que acontezca lo absolutamente novedoso, inanticipable, incontrolable, a que seamos agraciados, donados, transformados.

Pero es este un modo pobre, muy pobre de entender nuestra condición vulnerable, de comprender el valor inmenso, el profundo sentido de la vulnerabilidad. Porque lo asombroso del ser humano es que, la persona que vive en plenitud no es la que ejerce más poderío sobre el mundo, sobre todo aquello que la rodea, no es la que más controla y domina, sino la más receptiva, la que es capaz de escuchar y conmoverse, la que se deja trastornar por lo otro que ella, el otro, quedando su intimidad irremediablemente alterada.

Desde Orígenes de Alejandría, pasando por San Gregorio de Nisa, San Bernardo de Claraval, Matilde de Magdeburgo, Hadewijch de Amberes, Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, por citar tan solo algunos ejemplos, el Cantar de los cantares es objeto de admirada reflexión, precisamente porque en este inusitado texto se habla de la vulnerabilidad y del amor de un modo asombroso, luminoso. La enamorada, protagonista del relato, vulnerable ante el amor, es descrita como enferma, débil, de amor, lo que será traducido como herida de amor. Y será esta herida, que la trastorna por completo, su apertura a lo que la trasciende, la excede y la hace amar, por completo. “Jamás querría ser sanada de aquella herida” dirá nuestra Santa Teresa en sus Moradas del castillo interior.

“¡Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres, de mi alma en el más profundo centro!”, exclamará un hombre extraordinario como era San Juan de la Cruz; ¡Oh regalada llaga!, añadirá. Porque esta herida es un regalo, es lo que nos eleva de condición y nos hace verdaderamente humanos; seres vulnerables, capaces de amar.

Pero el miedo nos encierra en nosotros mismos, en nuestro poder y su rendimiento, pues confiamos en que el poder, el dominio, proporcionará seguridad, certidumbre. Y la certidumbre la anhelamos como medicina sanadora, capaz de asegurarnos, ante la incontrolable e inquietante presencia del otro, que nos trasciende. Y así, el mal, la peor de las ignorancias, es el apego a nuestro poder sobre todo aquello que no soy yo, nuestro sometimiento a la certidumbre que todo lo asegura, a mí y mi mundo asegurado, que es mi tesoro.

La razón, cuando se pliega al ámbito de lo dominable, hace de la ciencia y su técnica las pedagogas de la existencia, convirtiendo la vida, como señalaba Gabriel Marcel, en el lugar de una contabilidad inmensa e inflexible, asfixiante y desoladora. Pero como decía San Bernardo de Claraval, comentando el Cantar, “además del temor y el ansia de poder, anida en el hombre el amor. Nada como él lo atrae irresistiblemente”.

Como bien escribió Emmanuel Levinas, uno de los más profundos filósofos del siglo XX, “solo un yo vulnerable puede amar a su prójimo”, y es que el otro es prójimo, precisamente, no por serme cercano, manejable, asumible, sino por ponerme en cuestión, alterarme, descentrarme, desencajarme, sacarme de mí, mantenerme en vela, hiriéndome, revelándome como vulnerable y vulnerado, expuesto. Es la vulnerabilidad, y no el poderío triunfante y glorioso, el fundamento de la solidaridad y la justicia.

San Bernardo, en uno de sus muchos sermones, no queriendo volver a dormir y soñar invulnerable, escribió unas palabras esclarecedoras: “en adelante evitaré lo más posible la dureza del corazón; aceptaré con lágrimas mi dolor, no sea que, al hacerse insensible mi herida, se haga incurable”.



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